La Plaza de Ajedrez es uno de los rincones más singulares del centro de La Cumbrecita: una plaza diminuta para los estándares convencionales, apenas elevada respecto del nivel de la calle, que esconde un tablero de ajedrez gigante construido directamente en el piso. No es una réplica decorativa ni una instalación reciente para turistas: fue ideada y construida por Don Julio Diesemberg, un inmigrante alemán que vivió en el pueblo y que dejó en este pequeño espacio una de las huellas más particulares de la impronta centroeuropea que define a La Cumbrecita.
El tablero ocupa el suelo de la plaza con sus casillas claras y oscuras, y alrededor se disponen bancos de piedra pensados específicamente para que los jugadores se sienten a mover las piezas, que no son las típicas miniaturas de un juego de mesa: están elaboradas en hierro y hojalata, a escala suficiente para que cada movimiento se haga caminando alrededor del tablero, casi como una partida viviente en miniatura urbana.
Su ubicación no es casual. La plaza se encuentra en la bifurcación principal del camino interno del pueblo, en pleno centro de La Cumbrecita, a metros de la Plaza de los Pioneros, otro de los rincones que rinde homenaje a las familias fundadoras del lugar. Esa cercanía permite combinar ambas visitas en una sola caminata corta, sin desviarse del recorrido habitual entre el camino alto y el camino bajo del pueblo.
Más allá de su valor como curiosidad fotográfica, la Plaza de Ajedrez funciona como una pausa de juego al aire libre en medio del bullicio de la calle principal: un espacio donde cualquier visitante puede sentarse, mover una pieza de hierro sobre el tablero y, por un momento, sentirse parte de esa tradición que los primeros colonos centroeuropeos trajeron consigo a las sierras de Córdoba.




